The Miami Herald

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DOMINGO, 23 DE JUNIO, 2002  EDICION FINAL


EL SANTO Y EL SIERVO

LLAMADO UNA VEZ MAS

La misma voz interior lo llamó una vez más en 1962, al final de un agotador día de trabajo. Falco se vio a sí mismo postrado frente a una imagen de la Virgen María, en el exterior de una Iglesia cercana. Allí, cada noche, rezaría el santo Rosario. Falco, quien además tiene dificultades de audición, describe una serie de voces incesantes que le hablaban, órdenes interiores que él siempre obedeció. Una noche, la voz pareció no tener sentido. Y él se encontró conduciendo su vehículo por Flagler Street, en dirección a la bahía de Biscayne. Allí, la voz “se convirtió en una pelota rodando sobre el agua:” ¿Darías tu vida por mí? Falco se sumergió en las tibias aguas de la bahía. Se quedó allí por horas. Esa es la noche, considera, en la que se convirtió en un nuevo hombre. Después de ese evento, la vida tomó para él una marcha diferente. Buscó relacionarse con proyectos de caridad. Se involucró con un grupo de adolescentes parapléjicos, quienes vivieron con él por nueve años. Se divorció de su primera esposa y se casó nuevamente, y tuvo un hijo.  Losaños embotaron sus buenas intenciones. No fue sino hasta que descubrió la reliquia del Padre Pío, que se reconectó con su sentido de la misión. A través de sus amigos, aprendió cómo trabajar con máquinas de imprenta. Fue entonces que montó su propio sistema de impresión y edición de folletos. Falco confía en la palabra de los demás para seguir editando los folletos, pero ya sueña con el día en que pueda distribuir un millón de ejemplares por año.



    

                                     San Pio de Pietrelcina

“No me preocupa si 99 de cada 100
 folletos son tirados a la basura,”
concluye, mientras maniobra su
confiable mini-compaginadora. “Sólo
se requiere de uno para hacer este
trabajo”.
 


           Arriba, Falco trabaja en sus libros de oración en su casa de Miami Beach.

* Esta información no es parte del Artículo del Miami Herald *

Vincent Falco - 4514 Sheridan Avenue, Miami Beach, FL 33140 • 305-673-8403

“Sólo hablo inglés e italiano. No hablo español. Gracias.” Vincent

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LIZ
BALMASEDA

La vida de profunda piedad
del Padre Pío, lleva a un
admirador suyo a la fe y
al servicio

Ecos de milagros llegan frecuentemente a la casa de Miami Beach donde Vincent Falco, plomero retirado, trabajador de la madera extraordinario inventor, pasa sus días editando librillos de oraciones dedicadas al Padre Pío, el fraile Capuchino y controversial místico canonizado como Santo la semana pasada. Falco escucha las historias sobre gente enferma que fue curada por las palabras del Padre Pío; las mismas palabras que el viejo devoto de 73 años reproduce, sin costo, por millones y que despacha a los fieles alrededor del mundo. Cuando él oye tal historia, le brindará un gentil asentimiento con la cabeza. “Oh, eso es muy bueno” le dirá, antes de regresar a su esmerada misión y a los sobresalientes contrastes de su vida. Es una vida orientada por los detalles, y marcada por dosis iguales de matemáticas y misticismo. El pasa horas al lado de complejas máquinas que duplican, compaginan, engrapan y doblan las conmovedoras palabras del Padre Pío, en crujientes folletos de 5 1/2 x 4 pulgadas.

 

LABOR DE AMOR: Vincent Falco, 73; un plomero retirado residente de Miami Beach, contempla la labor que ha llevado por los últimos 10 años, usando sus propios fondos; produciendo los libros de oración con las palabras del Padre Pío, un fraile Capuchino que  murió en 1968 y que fue canonizado el Domingo pasado.

FAVOR VEA VINCENT FALCO, 19A



Santo y siervo comparten un vínculo de compromiso

 

DEVOCION: El plomero retirado de Miami Beach, Vincent Falco, mira una pintura del Padre Pío de Pietrelcina, a la derecha. En los últimos 10 años, Falco ha producido más de 2.7 millones de libros de oración con las palabras del fraile Capuchino, que murió en 1968 y fue canonizado el pasado Domingo.

Se mueve a través de cada etapa de la edición como si fuese parte de la maquinaria, plegando folios de papel con un tarro lleno de plomo, apilando los ya impresos en gabinetes de madera hechos en casa, y asegurando cada pila de folletos con pesas de 20 libras. Cuando da una mirada a la pared de la sala, allí está el Padre Pío, el reverente estigmatizado – ahora San Pío de Pietrelcina – en ocho placas barnizadas, idénticas, hechas también en casa. Ocho podrían parecer redundantes, considerando además la gran colección de Madonnas y ángeles que también tiene allí. Pero para Falco, ellos refuerzan los hilos invisibles que guían sus días. Lo llevan de vuelta a las colinas del sureste de su nativa Italia, de regreso a un embrollado tiempo 46 años atrás, cuando debió esperar 11 días para conocer personalmente al Padre Pío. Y le recuerdan también a Falco que no es el santo en la casa, sino el siervo, el bienintencionado, el dos veces divorciado pecador quien admite a sus amantes, y que rara vez va a la Iglesia. “Hay un acuerdo entre él y yo,” dice, apuntando con la cabeza hacia su pared del Padre Pío. “Yo le digo, ‘Soy muy pobre en la oración. Mi trabajo será mi oración, ¿está bien?’” El sabe que está bien. Después de todo el Padre Pío, quien murió en 1968, es el santo ideal para el creyente no convencional. Una figura venerada por las masas desde que en 1918, se difundió la historia de que llevaba en su cuerpo las heridas de la estigmatización, el Padre Pío fue investigado repetidamente por el Vaticano, debido a rumores de fraude y conducta sexual impropia. Incluso fue impedido de celebrar misas.

Años más tarde, sería canonizado por su devoto más famoso, el Papa Juan Pablo II, quien una vez le solicitó que orase por un amigo enfermo de cáncer. Ese mismo amigo, asistió a la Misa de Canonización el domingo último en Roma.

EL ECO DE UN MILAGRO

Fue el eco de un milagro lo que me llevó hasta la puerta de Falco. Mi propia madre, paciente de cáncer, recibió un folleto del Padre Pío de manos de un amigo, días antes de ser sometida a cirugía del riñón, hace ya tres años atrás. Pero aun sus médicos tratantes quedaron absortos cuando el tumor, que a primera vista aparecía como “una variedad de carcinoma celular renal,” resultó siendo un tumor benigno. Un milagro, cree mi madre, ahora en su séptimo año de combatir una metástasis de cáncer de seno que, en la mayoría de los cálculos, podría haber acabado con su vida incluso mucho antes que la cirugía al riñón. Hasta su médico oncólogo viajaría luego a San Giovanni Rotondo, el remoto pueblo italiano donde vivió el Padre Pío, para orar en acción de agradecimiento. Mi madre lo celebró a su manera, tomando su paseo favorito – un crucero de un día en un barco con casino. De vuelta en casa, los bordes del folleto del Padre Pío, se enroscaban solos de tanto uso. Si el Padre Pío estuvo trabajando horas extra por mi familia, yo me pregunté quién estaba trabajando horas extra para él. A la vuelta del folleto, encontré el número telefónico de Vincent Falco, 305-673-8403. Me pregunté además, cuál sería su historia. Debe ser un hombre muy santo, me imaginé.

DURO PARA EL TRABAJO

El día que visité su casa, lo encontré al lado de su impresora y duplicadora, tirando copias de su folleto en Español. Un reproductor Panasonic hacía resonar la canción Fantasy del grupo Earth, Wind & Fire: “Cada hombre tiene un lugar, en su corazón hay un espacio, y el mundo no puede borrar sus fantasías…” Pero no había en ese ambiente espacio suficiente para Falco, un vívido narrador, y las profecías de Earth, Wind & Fire, aun en un contexto tan cargado con ilumi-naciones cósmicas. Falco se dio una vuelta y apagó el reproductor – “Tú, ¡cállate!” El fabricante de folletos lleva ya editados, un número impresionante de librillos. Desde que empezó su labor hace ocho años, han salido de su imprenta 2.7 millones de ejemplares en Inglés, Español, Portugués e Italiano, los cuales ha enviado a Iglesias, oficinas de médicos, y pizzerías. Espera alcanzar la marca de tres millones para fines de este año. Sabe de sobra que requiere de 1,040 folletos en Inglés para llenar una caja de despacho por correo, pero sólo 920 de los editados en  Español, Portugués e Italiano, porque “usted sabe, en nuestras lenguas Latinas, nos gusta hablar más.” Lleva cuentas mensuales de sus ediciones, clavadas en grupos ordenados a un panel de corcho. Aun cuando habla de cosas que no pueden ser medidas – tales como amor, dolor, fe y apetencias personales – él recalca sus historias con referencias detalladas respecto a distancias, cantidades, y el grado exacto de los ángulos. La única cantidad por la cual no discutirá, es la cantidad de dinero que ha gastado haciendo los folletos, por los cuales sólo acepta que le reembolsen los gastos de envío por correo.

“¿Cuánto dinero piensa que me llevaré conmigo cuando muera?” le preguntará. A diferencia de los números, él encuentra en las palabras impresas un desafío. Siempre presentes por cuanto están implícitas en su trabajo, éstas usualmente eluden a Falco, un hombre autodidacta quien creció en el Café-bar de su familia en Nápoles, y que se hizo conocido por fabricar intrincados Belenes, completos con grutas y cascadas. Para los textos de sus folletos, que él a su vez reprodujo de un folleto que adquirió en San Giovanni Rotondo en 1956, cuenta con el apoyo de un buen tipógrafo. Encontró el desgastado folleto luego de rebuscarlo en una caja, varios años atrás. El descubrimiento le trajo de vuelta a la memoria un cúmulo de recuerdos, así como una largamente olvidada voz interior que le había resonado en los momentos críticos de su vida. Falco escuchó esta voz por primera vez en 1956, cinco años después de dejar su nativa Italia para venir a los Estados Unidos, con su recién estrenada esposa. Poco después se mudó a Miami, se enroló en el Ejército Norteamericano, obtuvo sus papeles de ciudadanía y fue destacado a Alemania. Después de un periplo de dos años, se detuvo en Italia para visitar a sus familiares. Durante esa visita conoció a una extraña y enfermiza mujer, quien frecuentaba el bar de su familia. Perplejo por su misteriosa condición, fue a visitar a un vidente bastante conocido en Sorrento. El vidente lo envió a ver al Padre Pío. “En ese momento yo dije, ‘¿Qué diablos es un Padre Pío?’ Casi rechacé la idea”, recordó. Pero, la misma noche que regresó a Nápoles, Falco sintió “algo que me atraía como un imán:”

 

Anda a ver al Padre Pío. Anda a ver al Padre Pío. Se encaramó pues en un tren rumbo a Foggia, la estación más cercana a San Giovanni Rotondo, en un intento de hacer un viaje rápido. Pero ése sería sólo el inicio de un viaje que duraría décadas. Poco después de que el tren dejó la plataforma, sintió una tremenda alegría. “Lloré lágrimas como las cataratas del Niágara. Fue muy bello,” dijo Falco. Una vez allí, Falco recuerda que fue dirigido por el instinto y por fuerzas invisibles, “como un títere.” Describe esos días como en una especie de trance en medio de una multitud, una cantidad de personajes indefinidos y de misas celebradas antes del amanecer. Finalmente, al décimo primer día de su estadía, llamaron al número que le asignaron, “1,256.” El se deslizó dentro de un pequeño confesionario donde el Padre Pío esperaba sentado, y se arrodilló al lado del fraile. “Me mostró una estatua de Miguel, el arcángel, y me dijo que él estaba protegiéndome.” recordó. “Luego el Padre Pío afirmó: ‘Debes retornar al lugar donde perteneces.’” Falco supo que se refería a los Estados Unidos, donde su esposa lo esperaba. Pasó los siguientes años haciéndose una nueva vida en Miami, ganándose el sustento instalando sistemas rociadores de agua, y construyendo una casa y una oficina en la 27 avenida del Noroeste de la ciudad. “Me fue bastante bien. Tenía un bote. También tenía una amante. No olvide publicar eso. No quiero que la gente piense que soy un santo,” recalcó.

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